Cada vez más, adquirimos una presión invisible cuando recibimos un mensaje, email o notificación. La rapidez en su contestación no puede ser la medida de nuestro compromiso. He comprobado, con años a cuestas, que las respuestas que más valor han aportado son las que maduré durante una tarde de caminata, o durante un entrenamiento largo. La lentitud no es dejadez. Es respeto. (eso sí, indicando al remitente que mi respuesta requiere un tiempo adecuado a la importancia que le doy a su consulta).

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *