«Hace unos días murió mi abuela. Mientras sostenía las llaves de su casa pensé algo que me avergonzó: por primera vez desde que soy adulta, podía imaginar un hogar propio. Tengo veintiséis años, una carrera, un máster y hago un doctorado mientras trabajo. Y nada de eso me había acercado tanto a una vivienda como una muerte. Hay algo que me cuesta aceptar sin sentir una mezcla de pudor y rabia: que una generación entera haya empezado a vincular la posibilidad de emanciparse, de tener un lugar donde vivir, no a su trabajo ni a su esfuerzo, sino a la muerte de quienes ama. Yo habría preferido otra historia. Una abuela viva y una casa donde invitarla a comer.»

MÓNICA SIERRA GIL
VALENCIA

CARTAS AL DIRECTOR – EL PAÍS

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